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Cuando sea mayor yo no quiero ser así.No quiero que parezca que vivo amargada, que nada me satisface, que nada me hace sonreír. No quiero recordar a un perro que ladra o que no calla ni quiero ser fea porque el ceño fruncido se me ha quedado congelado en la expresión. No quiero soltar frases hirientes simplemente porque estoy en mi casa y hago lo que me da la gana, ni quiero despreciar a la persona que está a mi lado, ni sentir que soy despreciada por los que me acompañan. Yo no quiero fastidiar la noche especial de nadie. Espero recordármelo una y otra vez todas las nochebuenas de mi vida.Voy a ser feliz. Voy a superar la infancia. Voy a aceptar que todo eso quedó atrás, pero que hay muchas formas de vivir las cosas y tampoco hay por qué conformarse. El día de mañana tendré unas fiestas a mi manera, cenaré con quien me apetezca cenar, volveré a cantar y a hacer el tonto, beberé no para superar la decepción si no para brindar con la gente que quiero y nadie, nadie osará hacer un comentario hiriente en mi mesa. Todos estaremos contentos de estar juntos aunque nadie sepa ya qué estamos celebrando, no habrá tensiones ni miradas al pasado, las noches serán histéricas y brillantes y si no es así, si nunca va a volver a ser así, dejaré de celebrar las navidades.
Las once.
Me cuesta como si fuesen las seis de la mañana pero me obligo a levantarme. Duermo infinitamente bien en esa cama, aunque esta noche tengo una absurda pesadilla y me despierto de golpe, con esa tonta sensación de pánico entre tus seguras cuatro paredes.
Miro por la ventana mientras caliento el café: Llueve. Tengo el fuerte deseo de acurrucarme entre mantas y cerrar de nuevo los ojos pero entonces me acuerdo de ayer. Estaba atontada después de todo el día en casa, leyendo, viendo la tele, una ducha caliente, la comida de mamá. Casi estaba malhumorada. Entonces quedé con mi padre y al mirar por la ventana tuve el mismo impulso. Más sofá. Más mantas. Me recogí el pelo (áspero como yo creí que fue siempre, pero no, lo es sólo aquí), me puse unas horribles zapatillas para el monte con las que me siento ridícula pero con las que mis pies están secos llueva lo que llueva, me maquillé y me lancé al viento acuoso de Barakaldo.
Me obligué a ver la belleza. A la altura de la Feria de Muestras funcionó, escuché de lejos una canción que de pequeña cantaba mucho:
Hator, hator mutil etxera
gaztaina ximelak jatera,
Gabon gaua ospatutzeko
aitaren eta amaren ondoan.
Ikusiko duk aita barrezka
amaren poz ta atseginez.
Eragiok, mutil, aurreko danbolin horri.
Gaztainak erre artean,
gaztainak erre artean,
txipli txapla, pum!
Gabon gaua pozik igaro daigun.
Aunque fui incapaz de seguirla. Con los años mi memoria olvida cruelmente todas las canciones de mi infancia. Pero llegué al metro canturreando las frases que recordaba, observando el cielo, fiero, el humo de esa fábrica del fondo, las luces difuminadas y los charcos turbios de las aceras. Llegué al barrio de toda la vida, y aunque ya no se me encoge el estómago como hace un tiempo casi siempre siento algo. Igual que dentro de la casa, dentro del salón, durante un segundo en el que se me aparecieron ante los ojos navidades pasadas, la mesa abierta del salón, el árbol de colores en la esquina, el espumillón exagerado que nos gustaba a mi hermana y a mí. Me forcé a pensar en otras cosas para que mi padre no lo notara, cenamos, charlamos y después volví a casa de buen humor, alegrándome de haber salido.
Cuando me fui a la cama todavía tarareaba Gabon gaua ospatutzeeeko...
Miro el calendario y se repite, como cada diciembre, ese terrorífico pensamiento: ¿En qué momento ha pasado todo un año?Miro este barrio y se repite, como tantas veces, esa patética sensación: Que feo es.Miro a mi madre y se repite, desde hace dos años, ese material pero dulce deseo: Lotería.Miro Bilbao y se repite, como en cada regreso, esa imagen en mi retina: La belleza de los contrastes.Miro su foto y se repite, como todos los días al abrir la cartera, ese impulso romántico: Para siempre.Miro las cosas que debo hacer y se repite, como durante toda mi corta vida, esa frase recurrente: Lo hago mañana.Miro el pasado y lo único que se repite es que me veo mucho más guapa en las fotos antiguas.
(Supongo que alguien le pregunta por qué está de buen humor)
- No sé, porque es viernes y hace sol, simplemente por eso.
Al cabo de un rato se acerca a mí con cara de ángel y me dice que se ha enterado de que estoy trabajando mucho y que si necesito cualquier cosa no dude en pedírsela.
Sonrío y le doy las gracias y después pronuncio su nombre, porque a mí me gusta que me llamen por el mío. Se da la vuelta y se va. Yo observo durante un segundo el blanco reflejo de su pelo y después sólo veo la pared. Creo que sigo sonriendo. Ella no me cae demasiado bien, aunque también es verdad que estoy un poco influenciada pero me quedo encantada con su sencillez. Irremediablemente yo también me pongo de buen humor.
Es viernes y hace sol. Este fin de semana no quiero estar cansada, ni quiero que los coletazos del resfriado me hagan desear la cama más que a nada en el mundo. Lo que realmente deseo es ir de tiendas juntos, aunque en Sol sea imposible estar solos, el Rastro como últimamente todos los domingos, las cañas en complicidad, las charlas y los proyectos, todas las chispas de alegría de sus ojos, dormir cada uno en una cama pero estando más cerca que nunca.
No sé, porque es viernes y hace sol, simplemente por eso.
Extraña congoja. Parece que el reloj va muy deprisa. Siento una rara tristeza y no tengo derecho. O no tengo razón. Supongo que está llegando el período desangelado que alcanza su esplendor en pleno invierno, el tránsito hacia la primavera siempre prometedora. Hay ratos en los que no me siento yo, en los que echo de menos algo de mí misma que ni siquiera sé muy bien qué es. Todo puede ser más fácil, siempre, pero a mí me cuesta verlo así. Sigue dándome mucha rabia (una rabia bruta, fea) no ser perfecta. No tener siempre la frase adecuada en mente, el gesto justo, no tener una apariencia fuerte. Se me viene a la cabeza una imagen de mí misma que sí es una imagen perfecta, una fotografía de la que no me separan más que unos meses. Una habitación, el calor fabuloso cuando aún no es pesado, las piernas desnudas dobladas en ángulo, la espalda apoyada en la pared. El estómago contraído por la emoción, las ganas de hacer de todo, el entusiasmo concentrado en un cubo a punto de estallar. Me gusta estar así, me gusta saber que algunas veces he estado así. Ahora sin embargo siento como si llevase puesto encima un vestido muy pegado, que no me deja moverme con naturalidad, que estorba a mis ansias de reír histéricamente. No sé muy bien por qué, al fin de al cabo es una sensación. Supongo que me paro (demasiado) poco a pensar en este presente. Con lo bonito que es en tantos aspectos. Quizá sea que sé que muchas cosas tendrán su final y vivir con esa certidumbre me impide caminar con la alegría que se merece. Extraña, bruta, incómoda congoja. ¿Qué es lo que me está nublando el espíritu?
Se me escaparon unas cuantas lágrimas encerrada en el baño. Estúpidas lágrimas, me lo dije a mí misma, lo cual hizo que rodasen algunas más. Suele pasar. De pronto era importantísimo gustar, yo también quiero gustar, necesito gustar. Suele pasar también, cuando una no está muy segura de sí misma. Pánico al sentimiento de rechazo.Sin embargo todo fluyó. Los ojos de la alegría posados en mí, las manos cómplices y entrelazadas, esa fijación que tienes con Madrid (me pregunto si puede haber comentario más hermoso). Ver a la persona amada en otra de sus facetas, y ver a la persona amada entre sus propias personas amadas. De pronto, y esto es algo inesperado a estas alturas, es importantísimo tener una familia, y me encanta la que forman ellos...
Quizá a veces piense erróneamente que la indiferencia es sinónimo de elegancia, incluso de madurez. Quizá a veces me parezca que pasar de o rechazar ciertas cosas me hará parecer más adulta, más consecuente, más. En realidad más infeliz. Y desde luego nada de lo anterior.
Qué podría tener de malo la ilusión. Supongo que me entristece pensar que nunca volverá a ser la ilusión que fue pero por qué no puede ser otra ilusión. Una que nace de lo que hoy es hoy y de la persona que soy yo en este presente. A veces parece que me tienen que recordar que sigo teniendo una familia y que no es justo que me empeñe en repetir que las cosas ya no son como antes. Es cierto, probablemente sean mejor que antes, al fin de al cabo estamos con quienes deseamos estar, quizá separados, pero también libres.
Tendré que luchar contra las eventuales ganas de tirarme al suelo y disfrutar mi rabieta. Nadie se lo merece. Tendré que aceptar que en el fondo me apetece, que me hace ilusión volver a casa, cenar en compañía, jugar a las cartas, reírnos, dormir en mi camita deseando dar mis regalos a la mañana siguiente. Tendré que evitar que continuamente se me llenen los ojos de lágrimas a la vista de cualquier cosa que recuerde navidades pasadas, no me gustaría que mi madre lo viese ni pensase que los preparativos son más desagradables que otra cosa. Ya creo que le hice bastante daño confesándole unos sentimientos que en el fondo son infantiles y egoístas. Ella se merece mi alegría y yo me merezco querer disfrutar como antes, sin pensar que ya ha pasado demasiado tiempo.
La indiferencia o el rechazo son una mierda. No quiero ser una persona amargada, la ilusión es, por encima de todo, lo que realmente debe crecer, dejar que ocurra quizá sea la mejor señal que puedo darle de que ya soy una mujer.